DESINTERÉS DE LOS JÓVENES HACIA EL PORVENIR.
No es de extrañar que, al hablar de nuestras juventudes, muchos apunten a que una parte sustancial de ella, le es indiferente el rumbo del país y con él, su futuro particular. Vemos que esos jóvenes, en vez de que por sus venas recorra la más pura vitalidad que otorga la juventud, circule un nihilismo muy arraigado a su ser.
¿Por qué ocurre esto? Es más sencillo de señalar de lo que la gente cree: estas nuevas generaciones se han criado sin referentes. ¿Qué quiero decir con referentes? Hablo tanto de la aristocracia que difería Ortega y Gasset, así como filosofías que construyan verdades universales sobre las cuales cimentar las bases de una sociedad y que esta otorgue a los jóvenes un objetivo, una meta.
Vayamos paso a paso y tratemos a qué aristocracia se refería Ortega. Cuando citaba este sustantivo, hacía referencia a un conjunto de hombres que por sus cualidades destacaran sobre el hombre masa que había invadido todos los espacios de la sociedad, desde el espectro político, hasta el social e incluso científico, no solo no impulsando la excelencia, sino frenándola. Esa aristocracia será la que el día de mañana, lidere los campos ocupados por el hombre masa, ya que eran ellos, ese grupo reducido de la sociedad, la encargada de perfilar todos los ámbitos hacia la excelencia más absoluta.
Hoy día, esos puestos que deberían ser ostentados por esa aristocracia, son ostentados por el vulgo de la sociedad, gente mediocre que poco o nada puede hacer para alcanzar la excelencia por su incapacidad de tan siquiera atisbarla. Mientras este vulgo esté ostentando puestos de responsabilidad –en el ámbito científico, cultural y sobre todo político– la sociedad no avanzará, sino que degenerará. Como los jóvenes se han criado con esta generación de mediocridad y no de excelencia, donde las universidades son grandes fábricas de expedir títulos sin que, en muchos casos, el graduado tenga la capacidad de retención y aplicación de los conocimientos supuestamente aprendidos, al no tener referentes “aristocráticos” tanto fuera como dentro de la universidad, el graduado está condenado a ser un miembro más del vulgo. También podríamos hablar de cómo las universidades se han adaptado al hombre masa, dejando atrás la excelencia que las definía, pero eso daría para otro texto.
Hemos mencionado anteriormente también la falta de una filosofía como referente. La nueva generación de jóvenes ha enfrentado una situación cuanto menos complicada: todo es lícito de cuestionar, incluso si una chaqueta es verde, se puede dudar de su color verdoso. Al caer en esta distopía, podemos atisbar las principales causas negativas de esta filosofía que, a su misma vez, es falta o ausencia de la misma: disociación a la hora de identificar tu propio género, llegando a valorar la mutilación de los genitales; disociación con lo que comúnmente se conoce como instinto de supervivencia, apoyando y fomentando la llegada a España de gentes con culturas y costumbres incompatibles con occidente; disociación de la realidad misma, creyendo que se puede construir algo nuevo sin tener en cuenta o dejando a un segundo plano el pasado cultural e histórico de la nación. Esto lo produce la falta de una filosofía establecida, de una moral común que nos haga de vigas para sostener las nuevas construcciones –por medio de la razón, siempre con ella– de los jóvenes.
El problema es insubsanable si, cada vez que alguien destaca por encima del citado vulgo, ofreciendo una solución para la salida de esa mediocridad por medio de una filosofía juvenil, con un sistema político y social totalmente restructurado, muchas veces tal restructurado que se podría considerar nuevo, es el propio hombre masa quien le cesura, le calla y le elimina. Un claro ejemplo de ello podría ser bioquímico y oncólogo molecular español Mariano Barbacid quien solicitaba unos fondos estatales acordes a sus avances sobre la cura del cáncer de páncreas en ratones de laboratorio anunciando que, en un futuro próximo, sería el ser humano el beneficiario. La sociedad, lo que hizo fue cuestionar su trabajo, ponerle en el punto de mira de todas las críticas desde acusarle de estafador y vendehúmos hasta azuzarle por sus constantes quejas hacia el gobierno por la escasa financiación de tan honrosa causa.
Esto, desgraciadamente, no es nuevo: España paga muy mal a sus más destacados ciudadanos.
Después de esta sucinta reflexión, podríamos decir que el desinterés de los jóvenes está provocado por un nihilismo causado por la falta de una filosofía referente que establezca unas bases inamovibles sobre las cuales construir, y la falta de una aristocracia que los jóvenes puedan establecer como referencia. Por ende, el joven no tiene objetivos porque tan siquiera llega a atisbarlos ya que el camino para alcanzarlos no existe, y aquellos que colocan piedras con afán de construirlo, utilizan distintos materiales incompatibles entre sí, derrumbándose la estructura.
La universidad, principal fábrica encargada de expedir las mejores ideas gracias a una mentalidad nueva, joven y moderna, ha decidido que era mejor convertirse, en muchos casos, una institución sin prestigio que, después de cuatro años de asistencia, otorgue un papel a enmarcar al matriculado. El sentido de la universidad es el impulso de sus estudiantes hacia la excelencia por medio de ella, y no lo que la han convertido hoy en día.