A NUESTROS LECTORES: Este periódico que nace con este número, tendrá cuyo contenido un análisis político de actualidad donde se abordarán temas de interés con una perspectiva joven, llena de vitalidad y con un corazón hispánico, conocedor del destino universal que debe alcanzar la patria y del puesto que esta tiene reservado a nosotros, los jóvenes.
LA CONQUISTA DEL ESTADO.
Se está convirtiendo en costumbre, y no en excepción, que tarde más de dos semanas (en este caso más) en sacar un nuevo artículo, pero seré sincero: prefiero escribir una vez cada mes, si fuera preciso, a escribir semanalmente asuntos insustanciales que a nadie le importan o sus contenidos estén carentes vida. Por eso, y sin dejar que eso ocurra, hoy traigo una reflexión que me lleva persiguiendo bastante tiempo, influenciada por el semanal “La conquista del Estado” de Ramiro Ledesma, un periódico distribuido en la época republicana española donde atacaba muchos de los males que, muy a mi pesar, siguen atañéndonos.
El principal de esos problemas que Ledesma señalaba era la nueva oligarquía que se había establecido con el nuevo gobierno republicano que, en vez de llevar a cabo todas esas medidas que habían prometido al inicio de la instauración del nuevo modelo político en España, se dedicaron a no hacer nada salvo cambios ligeros (en los primeros años de la república) sin atajar los verdaderos problemas de la población. Lo que denuncian Ledesma en su semanal era la inutilidad e incompetencia del nuevo sistema para afrontar el destino histórico que le deparaba a España en aquella época, y la sustancia de aquellos males que afectaban a la patria comparten análogas características con los actuales, y uno de ellos es, sin lugar a duda, la inutilidad de un gobierno electo por sufragio universal.
En la España actual, podemos ver que en política un insulto o descalificativo muy repetido es el de “anticonstitucional”, o “antidemocrático”, como si ir contra la democracia fuese algo malo, cuando considero que, hoy en día, enfrentarse a la misma no es solo motivo de orgullo, sino la misión histórica que nos corresponde a nosotros, los jóvenes, terminar de una vez por todas, aunque no nos adelantemos, esto último lo atajaremos más tarde: sigamos con las reacciones que provoca el adjetivo “antidemocrático”. La principal respuesta de las masas a tal acusación es negar el hecho como si te fuese la vida en ello, como si tal afirmación fuese la mayor vejación que se puede hacer a una persona. Quienes reaccionan así es gente de mediana edad que, o bien ya ha nacido en democracia o bien ha crecido con ella, empapándose solo en sus etapas más juveniles del final de la dictadura franquista, y es esta gente quien, después de 50 años con el nuevo modelo una vez abolido el periodo dictatorial, ha confundido el verdadero fin en sí mismo: la gente al final del franquismo no valoró la democracia como mejor vía para la vida de los españoles, sino que decidió adoptarla por ser el modelo más popular y aceptado en Europa, pero repito, no por ser el sistema más eficaz e infalible de todos. El fin en sí mismo, tergiversado por sus promotores (los famosos “padres de la democracia”), no fue la búsqueda de un modelo político que traiga los mayores beneficios a la nación española, sino la democracia en sí. Sencillamente es de inconsciente promover un modelo político cuando no crees que este sea el mejor para los ciudadanos, y es justo lo que fueron en aquella España de 1975, inconscientes, ya que prefirieron meter una papeleta cada cuatro años en una urna que gozar de calidad de vida, esa que hoy en día se deteriora más y más mientras que, gracias a la democracia, nuestros gobernantes, eso sí, elegidos democráticamente, se dedican a fanfarronear en el Congreso con sueldos que triplican uno medio de cualquier español, sin solucionar los problemas más básicos de la ciudadanía. Pero, oiga, que usted ha metido una papeleta en una urna…
Como he planteado anteriormente, es un sistema implantado hace 50 años, donde a la gente de mediana edad les enseñaron que aquel sistema era la máxima aspiración de cualquier estado de bien: la democracia. Con ese convencimiento pleno, esas personas hoy día rechazan con dogmatismo solo la contemplación de alguna otra posibilidad de modelo que varíe, aunque sea mínimamente de la democracia actual. Se cree que la democracia es la máxima expresión de libertad, cuando creo que no es así: libertad es la realización plena de una persona en su núcleo urbano y familiar, donde esta persona tenga la tranquilidad de un empleo y una casa donde formar una familia, el que debería ser el verdadero objetivo final de cualquier persona. Libertad de participar en el futuro de la nación por medio de tu gremio, ya que solo tú, trabajador, eres máximo conocedor, así como tus compañeros de la dificultad del empleo, así como de las necesidades y mejoras que requiere, y es a través de ahí como ha de desarrollarse en la vida política el individuo. No sirve de nada meter un papel en una urna, cederles un cheque en blanco para que un partido político haga en tu nombre las mayores vergüenzas sin que tú puedas hacer nada al respecto. Lo máximo que puedes hacer es, esperar otros cuatro años y votar a su supuesto antónimo y rezar para que esta elección sea menos penosa que la anterior. Mientras metes esa papeleta, dejas de tener asegurado esa libertad de participar en el futuro de la nación a través del gremio, ya que, en teoría para los demócratas, ya has intervenido, dando un poder representativo a un partido, este integrado por gente cuya aspiración no es más que ostentar un puesto de poder con un buen sueldo y dietas, que poco o nada sabe de tu gremio y aun así tendrá la última palabra sobre este.
El sistema democrático debe ser puesto en duda, ya que uno de sus principales fallos (y no son pocos) es que no sale en mayoría lo que es en esencia lo mejor para el pueblo español, sino lo que una mayoría ha considerado que era mejor para sus intereses particulares, porque sí, se vota con la mentalidad de buscar aquello que más me beneficie por lo que se vota al partido que me prometa que me dará más, ya sea en prestaciones, ayudas o subida de pensiones. Esto, aunque pueda parecer un punto positivo, no significa que lo sea a largo plazo, como estamos viendo ahora en el ámbito, justamente, de las pensiones de jubilado donde nuestros abuelos cobran más que nosotros, pese al estar trabajando. No quiero ahondar si es meritocrático obtener esos dineros después de una vida de trabajo, sino más bien centrarme si es viable a largo plazo, donde el mayor sea cada vez más rico y el joven más mísero económicamente hablando ya que es afectado por impuestos más altos para abonar servicios como los señalados.
He utilizado el ejemplo de las pensiones y desarrollado brevemente para utilizarlo como un claro ejemplo del fracaso de la democracia: si un partido político promulga la bajada de las pensiones, ¿alguien cree que ese partido será el elegido por las clases jubiladas? Obviamente, no. Por eso ningún partido se atreve ponerlas en tela de juicio, a sabiendas que es un problema real que abordar, pero que nadie hace porque se traduciría en reducción de votos. Por ende, la democracia es la tiranía del pueblo, un pueblo que no ve más allá de su ombligo o, mejor dicho, elude todo lo malo que ocurre al su alrededor, pero ignora siempre y cuando no les afecte directamente. Si hay un número mayoritario de pensionistas que de trabajadores, jamás habrá bajada o reajuste de pensiones, sino que los pensionistas dominarán a los trabajadores y supeditarán su futuro.
Y con esto, no quiero ensañarme con los pensionistas, gente noble que se ha dejado la espalda por la construcción del país el cual nuestras élites y gobiernos nos privan, sino que he puesto una situación hipotética de ejemplo, ampliable a muchos más ámbitos, pero utilizando las pensiones como demostración actual de inactividad por culpa de la tiranía de la democracia.
El modelo democrático debe ser señalado y puesto en duda, pero no servirá de nada si no se le combate y se lucha contra él. La democracia es una tiranía de las masas que nos ha sido impuesta, relegada por nuestros padres, y estos por los suyos, pero este sistema no es el sistema de los jóvenes, sino un modelo obsoleto y fracasado que ha unido nuestras vidas con él hacia la desgracia más profunda. Puedes votar, pero olvídate de tener una vivienda como Dios manda si una mayoría de población cree que es un problema derivado a la inactividad de los jóvenes; puedes dar tu opinión sobre asuntos de actualidad, salvo que sea rescatar las grandes labores del Ministerio de la Vivienda Falangista, que por ley de memoria democrática te caen sanciones económicas o incluso prisión; puedes elegir libremente el rumbo que toma tu país, pero no te salgas del rojo y el azul.
Es un hecho que la gente joven está harta, cansada de que las medidas de una mayoría, incluso si esta es borrega, deban ser implantadas y respetadas como si fuese palabra De Dios. Pues no. La conquista del Estado debe hacerse con poca gente, cuyas filas estén integradas por gente joven con el objetivo claro y puro, donde la juventud, ese impulso fresco y nuevo lleno de vida sean la gasolina que alimente el gran motor que está en construcción y muy pronto, en marcha. Se necesita el ímpetu y el empuje, así como la vitalidad de la sangre nueva y española que nosotros, los jóvenes, tenemos dentro de nuestras venas. Ha de ser un movimiento puramente juvenil, y deberá ser admirado y respetado, incluso respaldado por aquellos comprometidos con la causa de más edad que, aunque el movimiento y el impulso deberán ser únicamente jóvenes, se necesitará la compostura y la veteranía de aquellos que han luchado contra esta enfermedad de la democracia anteriormente, pudiendo estos aportar su experiencia e incluso orientar para infligir el mayor de los daños al podrido sistema demócrata.
Aunque sea un camino difícil con numerosas piedras en él, nuestra causa es noble y debemos luchar para que nuestra voluntad se implante sobre las demás independientemente del coste. No luchamos por intereses individuales, sino por la gloria de la patria.
¡Viva la esencia española! ¡Arriba España!
Las grandes cosas que se han hecho en el mundo siempre han sido llevadas a cabo por poca gente.
Léon Degrelle.